El balneario

Él la observaba anonadado, sin poder apartar sus ojos de aquella mata de pelo que imaginaba suave y sedoso al tacto, pero del cual sólo percibía el brillo leve que desprendía, herido por la luz del flexo.
Vivía cada instante igual al anterior, sentado en aquel banco frente a la piscina, para ver la imagen tantas veces repetida, tan grabada en su retina, que incluso horas después de que la chica se hubiese ido, él seguía viéndola una y otra vez, sin descanso.
¿De qué color eran sus ojos? ¿Cuál era su nombre? No importaba nada, mientras pudiera seguir viendo aquella explosión de sensualidad y deseo que emanaba de su pelo castaño. Nada sabía tan dulce como el instante en que ella nadaba suavemente hacia la escalinata, iniciando la ascensión a la vez que dirigía sus manos hacia el moño y estiraba el palillo que mantenía sujeta la furia de su melena. Nada le parecía más bello que aquel movimiento aprendido, casual, rutinario. Nunca estuvo tan triste como el día en que ella se cortó el pelo.


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